En un video de archivo recuperado por N+, niños mexicanos de 1987 responden qué harían si fueran presidentes. Hablan de la deuda externa, de generar empleo, de la pobreza, del medio ambiente y de la educación. Lo hacen con frases completas, con lógica y con una claridad que llama la atención, sobre todo si se compara con respuestas actuales de adolescentes que, aunque informados, suelen ser más breves o menos estructurados.
Esa comparación ha alimentado la idea de que las nuevas generaciones tienen menos vocabulario o se expresan “peor”. Sin embargo, reducir el fenómeno a una supuesta pérdida del lenguaje simplifica demasiado un cambio que es más profundo. La diferencia no está únicamente en cómo hablan los jóvenes, sino en el entorno en el que aprendieron a hacerlo.
No es que hablen menos, es que crecieron escuchando menos palabras
Un estudio publicado por JAMA Pediatrics encontró una relación directa entre el tiempo frente a pantallas y la disminución de la interacción verbal en la infancia. Los resultados muestran un patrón claro: mientras más tiempo pasan los niños expuestos a pantallas, menos palabras escuchan, menos hablan y menos interactúan con los adultos.
Por ejemplo, a los tres años, cada minuto adicional frente a una pantalla se asocia con una reducción de hasta 6.6 palabras pronunciadas por adultos, 4.9 vocalizaciones infantiles y 1.1 intercambios conversacionales.
Visto en conjunto, el impacto es mucho más grande. Si un niño pasa alrededor de una hora diaria frente a pantallas —el límite recomendado en algunos casos— podría estar perdiéndose cientos de palabras al día. Y si ese tiempo se acerca a las dos horas, la cifra puede escalar a más de mil palabras menos escuchadas diariamente.
Pero el punto no es solo cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino cuánto tiempo real interactúan con sus padres. De acuerdo con un análisis difundido por Psychology Today, el uso de teléfonos por parte de los adultos también introduce lo que se conoce como “tecnointerferencia”: interrupciones constantes que rompen la interacción con los hijos.
Puede ser una notificación, revisar un mensaje o simplemente desviar la mirada. Sin embargo, ese momento en el que el adulto deja de responder o de hacer preguntas corta la conversación. Estudios citados en ese análisis muestran que cuando los padres usan el teléfono, hacen menos preguntas, responden menos y mantienen menos contacto visual, reduciendo oportunidades clave para el desarrollo del lenguaje.
El impacto empieza muy temprano. Incluso interrupciones breves pueden afectar la capacidad de los niños para aprender nuevas palabras. También se ha observado que, cuando los adultos están distraídos, los niños participan menos en conversaciones y hacen menos preguntas.
Esto cambia por completo el punto de partida. No es que los jóvenes hablen menos o peor que otras generaciones, sino que crecieron en entornos con menos diálogo continuo, y eso termina reflejándose en su forma de expresarse.
No toda la lectura ayuda a construir el lenguaje
El cambio en el vocabulario no significa que los jóvenes no lean. De hecho, el Módulo sobre Lectura (MOLEC) 2025 del INEGI muestra que 79.1 % de la población alfabeta en México leyó al menos algún material en el último año.
Los jóvenes lideran este hábito: 89.1 % de quienes tienen entre 12 y 24 años leen, y los libros siguen siendo el formato más consumido (62.5 %). Sin embargo, el tipo de lectura importa. Hoy en día, 83.5 millones de mexicanos consumen contenido en redes sociales, y el 13.1 % de las personas lo hace de manera exclusiva en estas plataformas.
Aunque muchos combinan redes con libros u otros materiales, existe un segmento que se informa solo a través de contenidos breves, fragmentados y rápidos. Pero leer en redes sociales no es lo mismo que leer un libro. En un caso se prioriza la inmediatez; en el otro, la construcción de ideas más largas. Esa diferencia impacta directamente en el vocabulario, la comprensión lectora y en la capacidad de desarrollar pensamientos más complejos.
No es un deterioro, es que el lenguaje se adapta a la velocidad de lo digital
La percepción de que los jóvenes “hablan peor” tampoco es nueva. Un análisis publicado en The Conversation en 2024, basado en un informe de la Real Academia Española (RAE), señala que cada generación tiende a ver a la siguiente como menos capaz en el uso del lenguaje.
Sin embargo, el mismo análisis plantea algo distinto: los jóvenes no necesariamente tienen menos capacidad lingüística, sino que usan el lenguaje de otra forma. Crean nuevas palabras, adaptan expresiones y se comunican en un entorno más rápido y visual, donde un meme, una abreviación, un sticker o un emoji pueden decir mucho más que una palabra en muy poco espacio.
Ahora bien, sí existe una diferencia medible cuando se compara por edad. Un estudio liderado por el Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL), con más de 200,000 participantes de 131 países, encontró que las personas mayores dominan significativamente más vocabulario que los jóvenes. Mientras que entre los 15 y 24 años el conocimiento léxico no alcanza el 60%, en adultos de 55 a 64 años se acerca al 75%.
En México, esta brecha también se refleja en el uso cotidiano del lenguaje. Especialistas de la UNAM han estimado que muchos jóvenes utilizan de forma activa entre 300 y 1,500 palabras en su día a día, mientras que hablantes adultos con mayor formación pueden emplear alrededor de 5,000 o más. No se trata de una incapacidad, sino de una diferencia en exposición y práctica.
La explicación no es que los jóvenes “sean peores”, sino que han tenido menos tiempo de contacto con el lenguaje. El vocabulario crece con la experiencia: con los años, las conversaciones con personas, la lectura y el contacto con distintos entornos amplían la cantidad de palabras que una persona conoce y utiliza.
La exposición a pantallas no solo cambia cómo hablamos, también cómo pensamos
El lenguaje no es solo una herramienta para comunicarse, también es una forma de organizar el pensamiento. Tener un vocabulario más amplio permite explicar mejor, argumentar y entender lo que ocurre alrededor.
Por eso, crecer escuchando menos palabras no solo impacta cómo se habla, sino cómo se piensa. En México, donde el acceso a dispositivos móviles ocurre desde edades cada vez más tempranas, este cambio es cada vez más evidente.
Las nuevas generaciones crecen con más información que nunca, pero no necesariamente con más espacios para procesarla en palabras. Y ahí está la diferencia. No es que hablen menos, es que aprendieron a hacerlo en un mundo donde las palabras compiten con todo lo demás.
En Xataka México | Cuánto tiempo deben pasar niñas y niños frente a las pantallas: lo que dice la ciencia
En Xataka México | Los jóvenes en México no se independizan antes por una razón clara: no alcanza
Ver 0 comentarios