En México hubo una época donde parecía que todas las casas tenían exactamente el mismo color: verde menta, azul cielo, turquesa claro o tonos pastel extremadamente fríos. El fenómeno se volvió meme, estereotipo y hasta símbolo visual de muchas colonias populares del país. Pero detrás de esas fachadas había algo más que simple decoración.
Había economía, urbanismo y hasta psicología ambiental. Porque muchas veces esos colores no se eligieron por "gusto", sino porque ayudaban a que espacios pequeños parecieron más amplios, iluminados y especialmente menos sofocantes.
El origen de las casas verde menta no fue decorativo: fue económico
Gran parte de esos colores comenzaron a expandirse en México durante los años 90 y principios de los 2000, cuando el Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL) impulsó proyectos de mejoramiento urbano y vivienda en distintas regiones del país.
Parte de esos programas incluía rehabilitación de fachadas, entrega de materiales, pintura subsidiada y campañas de mejoramiento visual en colonias populares. La coincidencia urbana es que buena parte de la pintura distribuida pertenecía a tonos económicos producidos masivamente: verde menta, azul claro, turquesa o variantes pastel.
La razón no era artística, sino presupuestal. Esos pigmentos eran baratos, resistentes y fáciles de fabricar a gran escala. Así, colonias enteras comenzaron a compartir prácticamente la misma paleta cromática, no por una decisión estética colectiva, sino por disponibilidad y distribución masiva.
Muchas casas mexicanas necesitaban “ganar espacio” sin construir más
La idea de casas pequeñas que crecían poco a poco no es una exageración: es una de las principales formas en las que se construyó México. Datos de la Encuesta Nacional de Vivienda del INEGI revelan que alrededor del 57% de las viviendas propias en México fueron autoconstruidas por sus habitantes, es decir, no se compraron terminadas, sino que se levantaron gradualmente conforme las familias podían pagar materiales o ampliaciones.
Eso significa millones de hogares construidos cuarto por cuarto, piso por piso o mediante ampliaciones progresivas durante años. La propia ENVI 2020 también encontró que el 58% de las viviendas requieren arreglos, modificaciones o ampliaciones y una de cada cuatro familias habita espacios menores a 55 metros cuadrados. Es decir, gran parte del famoso “verde menta mexicano” nació en casas que literalmente crecían junto con la familia.
Ahí es donde entra la psicología ambiental. Diversos estudios sobre percepción espacial muestran que los tonos claros y fríos generan una ilusión visual de amplitud. El cerebro interpreta colores como azul cielo, verde menta o turquesa claro como extensiones visuales del exterior, la naturaleza y el cielo.
Eso hace que un espacio reducido parezca menos encerrado, más iluminado y psicológicamente más respirable. En viviendas pequeñas, autoconstruidas o de interés social, muchas veces con techos bajos y poca ventilación, esa sensación cambia por completo la experiencia emocional del lugar.
La psicología explica por qué esos tonos se sienten “más frescos”
Investigaciones sobre percepción del color en interiores también encontraron que los tonos fríos afectan cómo el cerebro interpreta la temperatura y el confort del entorno. Aunque la temperatura real no cambie demasiado, una habitación pintada de azul claro o verde pastel suele percibirse como más fresca, menos pesada y más tranquila.
En ciudades mexicanas donde el calor urbano puede ser intenso y las viviendas tienen poco aislamiento térmico, esto termina teniendo un efecto psicológico importante. Por eso muchos hogares populares comenzaron a repetir esos tonos una y otra vez. No porque estuvieran siguiendo una tendencia sofisticada en decoración, sino porque funcionaban.
En México, la fachada hablaba sobre el progreso
Un detalle importante es que muchas familias mexicanas construyeron sus casas poco a poco durante décadas. Y pintar la fachada; representaba algo más profundo como mostrar avance.
Programas urbanos como "Pinta tu fachada" reforzaron todavía más esa idea de que el color era una forma de dignificar el espacio urbano. Por eso, aunque internet terminó convirtiendo las casas verde menta en meme, para muchas familias esos colores simbolizan mejora, propiedad, mantenimiento y orgullo.
El color también transforma barrios completos
El uso del color dejó de ser solamente una decisión individual y comenzó a formar parte de estrategias urbanas completas. En México existen programas de rehabilitación donde gobiernos locales y empresas de pintura intervienen colonias enteras bajo la idea de que cambiar visualmente el entorno también modifica la percepción emocional del espacio.
Proyectos impulsados junto con Comex y distintas alcaldías de CDMX buscaron pintar fachadas, intervenir unidades habitacionales, rehabilitar parques y transformar espacios deteriorados mediante color y murales colectivos.
Esto tiene relación directa con la psicología ambiental: los espacios visualmente abandonados suelen generar mayor percepción de inseguridad, estrés o deterioro social, mientras que entornos iluminados, coloridos y cuidados producen sensación de apropiación comunitaria y bienestar.
Eso explicaría por qué los colores pastel se volvieron tan comunes en muchas colonias mexicanas: no solo eran baratos y rendidores, también transmitían limpieza, amplitud y renovación urbana.
El meme sobre el verde menta mexicano ignoró algo importante
Con el tiempo, las redes sociales transformaron esos tonos en una especie de estereotipo visual asociado con casas Infonavit, colonias populares o viviendas autoconstruidas.
Pero muchas veces la conversación se quedó únicamente en la burla estética y dejó fuera algo mucho más interesante: la manera en que las personas adaptan psicológicamente sus espacios cuando viven en condiciones reducidas.
Porque al final, pintar una casa de azul o verde claro no era simple decoración. Era una forma barata de conseguir algo que el espacio físico no podía dar: más luz, más aire y la sensación de vivir en un lugar un poco más grande.
El famoso “verde menta mexicano” no nació únicamente como una moda. Fue resultado de vivienda social, economía doméstica, urbanismo y una necesidad psicológica muy simple: hacer que espacios pequeños y duros se sintieran un poco más habitables.
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