SEP termina una tradición que empezó con Porfirio Díaz hace más de 100 años en todas las escuelas de México

La bandera seguirá recorriendo los patios escolares. Lo que cambia es quién podrá acompañarla.

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samantha

Samantha Guerrero

Editora Jr
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Existen escenas que forman parte de la memoria de casi cualquier estudiante mexicano: el patio de la escuela, la ceremonia de los lunes, el Himno Nacional y seis alumnos caminando alrededor con la bandera de México mientras que el resto de la escuela permanece en silencio. Durante décadas, además, había algo que podía convertir aquella ceremonia en un reconocimiento especial: tener las mejores calificaciones.

En muchas escuelas, llegar a sexto de primaria con uno de los promedios más altos significaba tener la posibilidad de ocupar alguno de esos seis lugares y representar a la escuela durante los honores a la bandera. Pero esta tradición está a punto de cambiar, al menos en las escuelas públicas de educación básica de Ciudad de México.

A partir del ciclo escolar 2026-2027, la integración de la escolta será rotativa y ya no deberá depender exclusivamente del promedio académico. La medida aparece en la nueva Guía Operativa para la Organización y Funcionamiento de los Servicios de Educación Básica de Escuelas Públicas en la Ciudad de México, elaborada bajo los lineamientos de la Secretaría de Educación Pública. Y aunque podría parecer un cambio pequeño, en realidad modifica el significado que durante generaciones tuvo uno de los reconocimientos más conocidos de la escuela mexicana.

Antes de ser una tradición escolar, la escolta era militar

La escena que hoy parece inseparable de una escuela mexicana tiene un origen muy distinto. Una escolta era originalmente un grupo encargado de acompañar y proteger una bandera, una persona o una formación militar. Con el tiempo, esta práctica pasó de los ámbitos castrenses a las ceremonias cívicas y terminó incorporándose a la educación básica.

En México, la historia que se ha transmitido durante generaciones relaciona la conformación de la escolta escolar con los seis Niños Héroes de Chapultepec y con el periodo de Porfirio Díaz. De acuerdo con materiales educativos mexicanos, la versión más extendida sostiene que durante el Porfiriato se impulsó la utilización de la escolta como una forma de honrar la memoria de los cadetes que murieron durante la batalla de Chapultepec, el 13 de septiembre de 1847.

Los seis nombres que forman parte de ese relato son Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Francisco Márquez, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez y Juan Escutia. De ahí surgió la asociación entre los seis Niños Héroes y los seis lugares que ocupa la escolta.

Pero aquí hay una precisión importante: no existe una evidencia histórica sobre que Porfirio Díaz haya creado la escolta escolar, pero esta tradición ha estado vinculada desde sus años como mandatario y posteriormente se fue incorporando a las prácticas cívicas de las escuelas mexicanas.

Porfirio Díaz y la escuela como espacio para construir identidad

El vínculo con el Porfiriato resulta interesante porque durante ese periodo la educación pública mexicana atravesó una importante reorganización. En 1905 se creó la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, encabezada por Justo Sierra, dentro de un proyecto que buscaba modernizar y ampliar la educación pública.

Pero la escuela también tenía otra función: ayudar a construir una identidad nacional alrededor de símbolos, valores y acontecimientos históricos compartidos. En ese contexto, las ceremonias cívicas adquirieron mayor importancia. La bandera, el Himno Nacional y las conmemoraciones históricas comenzaron a ocupar un espacio cada vez más visible en la vida escolar.

La escolta terminó formando parte de esa tradición. Lo que originalmente había sido una práctica asociada al ámbito militar pasó a convertirse en una escena que millones de estudiantes aprenderían a reconocer desde los primeros años de escuela.

Militares

La escolta no desaparece: cambia quién puede estar en ella

La nueva disposición no elimina las escoltas ni los honores a la bandera. Lo que cambia es quién puede ocupar esos seis lugares y la nueva guía establece que la participación será rotativa y deberá realizarse bajo principios de igualdad, inclusión y no discriminación

También busca evitar que los estudiantes sean excluidos únicamente por su rendimiento académico, sexo u otras condiciones. En otras palabras, la escolta deja de plantearse como un reconocimiento reservado para un pequeño grupo de alumnos y pasa a convertirse en una actividad en la que distintos estudiantes podrán participar durante el ciclo escolar.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia por completo el significado que tuvo durante años. Antes, formar parte de la escolta podía ser la culminación de varios años de buenas calificaciones y ahora, la idea es que más estudiantes puedan vivir esa experiencia.

Así funcionaba hasta ahora

La propia normativa de años anteriores para las escuelas públicas de la capital establecía un esquema muy distinto. En primaria, la escolta oficial se integraba con estudiantes de sexto grado que hubieran obtenido los mejores promedios, considerando su trayectoria escolar desde primero. Si existía un empate, se recurría a otros criterios académicos.

En secundaria ocurría algo similar: se seleccionaba a estudiantes con los mejores promedios de acuerdo con los criterios establecidos para cada nivel. Incluso existía una segunda modalidad: la escolta rotativa. Sin embargo, esta no sustituía a la escolta oficial de los mejores promedios, sino que funcionaba como una modalidad complementaria.

La nueva regla cambia precisamente esa lógica. La rotación deja de ser una alternativa adicional y se convierte en el principio bajo el cual deberá integrarse la escolta en las escuelas públicas de Ciudad de México.

De premio académico a experiencia colectiva

Y aquí aparece el verdadero cambio. Durante décadas, la lógica parecía bastante sencilla: si un estudiante obtenía buenas calificaciones, recibía un reconocimiento. La escolta era una de esas formas de premiar el esfuerzo y la trayectoria académica.

La nueva propuesta parte de una idea diferente. Participar en una ceremonia cívica no tendría que funcionar como un premio exclusivo para quienes obtuvieron las calificaciones más altas, sino como una experiencia formativa en la que puedan participar distintos integrantes de la comunidad escolar.

La guía plantea que esta participación contribuya a fortalecer la identidad nacional, la inclusión y el sentido de pertenencia. Y ahí aparece una pregunta que seguramente generará discusión entre padres, profesores y estudiantes: ¿La escolta deja de ser un reconocimiento si todos pueden formar parte de ella?

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El debate no es realmente sobre la bandera

La modificación ya genera una discusión interesante porque ambas posiciones parten de una idea diferente sobre lo que debería reconocer la escuela. Para algunas personas, eliminar el promedio como criterio principal significa quitar uno de los incentivos que durante años premiaron el esfuerzo académico. Si un alumno se esforzó durante toda la primaria y obtuvo las mejores calificaciones, ¿por qué no debería recibir ese reconocimiento?

Para otras, convertir la escolta en una actividad rotativa permite que estudiantes que nunca habrían tenido acceso a ella puedan participar. También evita que una ceremonia escolar se convierta en un reconocimiento exclusivo para un pequeño grupo; en realidad, la discusión no gira alrededor de quién carga la bandera. Gira en torno a lo que considera la escuela que merece ser reconocido.

Una postura entiende la escolta como un premio: quien obtuvo los mejores resultados merece representar a sus compañeros; la otra la entiende como una actividad formativa: todos deberían tener la oportunidad de participar, independientemente de sus calificaciones. La bandera seguirá siendo la misma, los honores continuarán y lo que cambia es el significado de esos seis lugares frente a toda la escuela.

Una tradición de más de un siglo cambia sin desaparecer

Quizá por eso la modificación resulta más llamativa de lo que parece. Ciudad de México no está eliminando una de las ceremonias más reconocibles de la educación mexicana, tampoco está retirando la escolta de los patios escolares.

Está modificando algo mucho más específico: la idea de que esos lugares deben pertenecer a quienes tienen las mejores calificaciones. Para quienes crecieron viendo cómo los alumnos con los promedios más altos recibían ese reconocimiento, la diferencia será evidente.

Para las nuevas generaciones, en cambio, podría convertirse simplemente en la nueva normalidad. La escena del lunes seguirá siendo prácticamente la misma: una bandera, seis estudiantes y todo un patio guardando silencio.

Solo que, a partir del próximo ciclo escolar en las escuelas públicas de Ciudad de México, ya no necesariamente serán los seis mejores promedios quienes estén frente a ella. Y quizá ahí esté el verdadero cambio: no desaparece la tradición, cambia lo que significa formar parte de ella.

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