Elon Musk perdió -es de suponer que temporalmente- su título de billonario, según el índice de multimillonarios de Bloomberg. Una ola de ventas en mercados globales llevó a las acciones de SpaceX a registrar una fuerte caída y a la fortuna del CEO de Tesla a “apenas” 957,000 millones de dólares.
Hace apenas 12 días, el empresario surafricano alcanzó el estatus de billonario -es la primera persona en lograrlo- gracias al exitoso debut bursátil de su startup espacial. Pero a pesar de efectivamente perder casi 240,000 millones de dólares en una sola tarde, sigue siendo la persona más rica del planeta y, de hecho, su fortuna supera a la riqueza combinada de los siguientes tres millonarios de la lista: Larry Page, Sergey Brin y Jeff Bezos.
Una fortuna concentrada
Al tiempo que bajaban las acciones de SpaceX, las acciones de Tesla cayeron casi un 6 por ciento, lo que agravó el daño en las finanzas de Musk, que posee aproximadamente el 12 por ciento de las acciones de la tecnológica.
Los expertos explican que la fortuna de Musk es especialmente vulnerable a esta clase de fluctuaciones, debido a su naturaleza particularmente concentrada. Aunque tiene intereses en numerosas compañías como X, Neuralink y The Boring Company, el grueso de su riqueza depende básicamente de sus acciones en dos compañías: Tesla y SpaceX. Esta última, trascendió, representa alrededor del 80 por ciento de sus activos.
Eso hace tan problemático que, como indican numerosos analistas, la acción de SpaceX sea más el reflejo de la confianza en una visión de futuro y menos el resultado concreto del estado actual del negocio. Hay temor de que en julio, cuando se venzan restricciones que le permitan vender a un conjunto de accionistas – directivos como el CEO o el CFO o cualquier persona o entidad que posea más del 10 por ciento de las acciones con derecho a voto- la presión del mercado sobre el precio de la acción pueda aumentar.
Danni Hewson, analista financiero de AJ Bell, le dijo a la BBC: “Para una acción como SpaceX, muchas decisiones pueden haber sido emocionales y basadas en la anticipación de grandes avances en la exploración y el uso del espacio, pero invertir debería tratarse con ojos claros y paciencia, incluso cuando hay cifras tan enormes de por medio".
Una fortuna de papel
Para entender la naturaleza de la fortuna de Elon Musk hay que entender la fuerza que la impulsa. Esa fuerza es la confianza de inversionistas que, libres e informados, aceptaron comprar las acciones de su compañía al precio establecido.
Los 75,000 millones de dólares que la empresa recaudó durante su IPO van a pagar la próxima generación de cohetes, satélites, fábricas e infraestructura de IA y representan, como decíamos, una apuesta a largo plazo… y de alto riesgo. En ese sentido, la fortuna de Musk es una valoración del éxito que ha conseguido, pero también una demostración de confianza en lo que el mercado cree que puede lograr.
El asunto es que la riqueza en este nivel abandona el estado sólido y se convierte en algo más parecido al clima, una atmósfera gigantesca, inmensamente poderosa, pero sujeta a cambios de presión tan violentos que puede evaporarse en cuestión de horas. De hecho, bastaría un repunte de tan solo un 6 por ciento en el precio de la acción para devolverle a Musk su récord. En ese caso, Muks sería la primera persona del mundo en volver a ser billonario.
Douglas P. McCormick lo expuso así en su columna de Fortune: “Esto es lo que casi todos los comentarios sobre la riqueza de Musk fallan en entender. Casi nada de su patrimonio neto está en efectivo. Casi todo es participación no realizada en empresas que aún dirige, y en las que no cobra ningún salario. Su riqueza no es dinero que extrajo y almacenó. Es la estimación del mercado de promesas que aún no ha cumplido”.
En otras palabras, la valoración de SpaceX, de aproximadamente 1.77 billones de dólares -y por extensión la fortuna de Elon Musk- no representa tanto una valoración de los cohetes que ha enviado como una inversión en los que enviará, en la ilusión de llegar a Marte y en la promesa de una economía satelital que, hoy, no existe. Del mismo modo, la valoración de Tesla, aunque recoge la experiencia de la firma en el pasado, depende más del logro, todavía pendiente, de la autonomía total de sus carros, y de la consolidación de un negocio de robótica que, de nuevo, por ahora no se ha materializado. Si esas fichas no se mueven correctamente en el tablero, gran parte del billón de dólares de Musk se queda sin sustento.
Por supuesto, si las promesas se cumplen y la tecnología triunfa, los beneficios se derraman. Los fondos de inversión y de pensiones -además de los millones de ciudadanos que compraron acciones- ven crecer sus ahorros, se generan ramificaciones industriales masivas y la sociedad hereda nueva infraestructura crítica, como autopistas y conexiones de banda ancha globales en regiones históricamente desconectadas. Y no es posible olvidar, en este caso, que el éxito de las empresas de Musk abriría una nueva era de carros autónomos, robots domésticos y colonias en la Luna y en Marte.
En otras palabras, la apuesta de Musk -y la apuesta por Musk- podría traducirse en avances tecnológicos que hoy no podemos imaginar, y eventualmente, traducirse en los inventos, las universidades o infraestructuras médicas del siglo XXII. Y, si fracasa estrepitosamente, el dinero fantasma simplemente regresaría a la nada de la que provino.
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