Un verdadero Día de Reyes. 5 de enero de 1914, un artículo de The New York Times vuelve loca a la sociedad estadounidense. Henry Ford, jefe de Ford Motor Company, anunció que repartirá diez millones de dólares entre sus empleados a lo largo de ese mismo año. Es, a grandes rasgos, un añadido al salario de su plantilla.
10 millones... estimados. Ojo, no era dar dinero a diestra y siniestra, sino que esa cantidad equivalía a la mitad de las ganancias de la compañía al finalizar el año. Pero bien podía elevarse a 12 millones o ser menos. Aún así, el eco fue impresionante: 10,000 empleados se presentaron en la fábrica de Ford en Detroit en busca de un puesto de trabajo.
"Creo que es mejor para la nación, y mucho mejor para la humanidad, que 20,000 o 30,000 personas estén contentas y bien alimentadas a que unos pocos se hagan millonarios".
El anuncio que causó revuelo para la época. Miles de personas cambiaron de trabajo y pasaron a formar parte de las filas en la cadena de montaje de Ford Model T. Incluso existe el testimonio de un joven de 16 años que pasó del campo a la fábrica. Aunque claro, según explican en Barrons, esto causó malestares entre la competencia.
El día de los Cinco Dólares. Bajo este título, Detroit Free-Press comunicó que Ford pagaría un mínimo de cinco dólares a sus empleados. Es decir, el doble. La cuestión es que no era un aumento per-se, sino que era una cifra estimada de lo que podrían ganar si se repartían entre todos el dividendo de 10 millones de dólares.
Un Ford socialista. Aunque hubo quien cuestionó su corriente ideológica por querer repartir las ganancias entre sus empleados, Ford expuso que cada trabajador merecía parte de los beneficios si tenía un buen desempeño. Y si tenían la promesa de ganarlo, trabarían mejor. Más impresionante aún: no había excepciones, desde el barrendero y hasta el responsable de producción cobrarían su dividendo correspondiente.
Una producción imparable. De esta manera, Ford se dio cuenta de que si el montaje se producía a mayor volumen, costaría menos tanto para la marca como para el cliente. Y si al trabajador le atraía el salario, había más posibilidades de atraer gente para alimentar la cadena productiva. Como resultado, el Ford Model T se convirtió en el coche más vendido del mundo.
De la teoría a la práctica. Aunque el fordismo cambió por completo la industria automotriz a principios del siglo XX, esta producción en masa tuvo sus detractores ante la idea de que los compradores de los autos eran quienes los fabricaban. Lo anterior dado que, de acuerdo con Forbes, existía un alto grado de rotación entre el personal. Solo en 1913 pasaron por la compañía más de 52,000 personas.
Un razonamiento en duda. Según el mismo medio, la estrategia de Ford sobre que los empleados compraran sus propios productos no tendría un impacto tan grande en las cuentas finales de la empresa. Además, la compañía enfrentó diversos problemas como un parón dentro de la línea de montaje cuando muchos empleados abandonaron su puesto.
Comportarse al "estilo americano". Por si fuera poco, otra gran traba de esta oleada fue que Ford tuvo que contratar personas para verificar que sus empleados no tenían malas costumbres. Y es que uno de los mayores problemas con los que lidió la compañía era el alcoholismo de su plantilla. Como apuntó el asesor de Ford, John R. Lee:
"Un hombre que proviene de un hogar equilibrado, que no teme por las necesidades básicas de la vida de aquellos a quienes cuida, que no vive con el temor constante de perder su puesto por razones ajenas a su voluntad, es el factor económico más poderoso que podemos utilizar en forma de ser humano".
Así, atraídos por salario que no se podía comparar con otros en ese entonces, Ford tuvo a miles de empleados en fila. Y aunque ellos mismos compraron lo que produjeron, al final sacaron adelante millones de unidades.
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