Para muchas personas, aprender a utilizar una impresora 3D significa imprimir una figura, un juguete o quizá algún proyecto para la escuela. Para Zac Waters, un adolescente de 13 años de Lehi, Utah, terminó significando algo bastante distinto: pasar unas 300 horas de sus vacaciones diseñando y fabricando una silla de movilidad para una niña de apenas 21 meses.
De acuerdo con The Times of India, Zac aprovechó lo que había aprendido sobre impresión 3D para desarrollar una solución que pudiera ayudar a la pequeña a desplazarse con mayor independencia. No empezó en un laboratorio ni con un equipo de ingenieros detrás. Buena parte de sus conocimientos los adquirió viendo videos en YouTube y después tuvo que convertir todo eso en un objeto que otra persona pudiera utilizar.
Ahí está lo interesante de la historia. No se trata solamente de que un niño haya aprendido a imprimir objetos, sino de lo que puede ocurrir cuando una tecnología de fabricación digital se utiliza para resolver un problema muy concreto.
300 horas para fabricar algo que no podía comprarse en cualquier tienda
Zac no estaba intentando fabricar una silla cualquiera. El dispositivo tenía que adaptarse a una niña pequeña y, además, acompañarla durante una etapa en la que su cuerpo cambia constantemente. Eso convirtió el proyecto en algo mucho más complicado que imprimir varias piezas y ensamblarlas.
El trabajo contó con el apoyo de su familia y se realizó en colaboración con MakeGood, una organización enfocada en desarrollar soluciones para niños. El objetivo no era únicamente conseguir que la pequeña pudiera sentarse, sino darle una herramienta de movilidad que pudiera utilizar en su día a día.
Y ahí apareció uno de los problemas más difíciles: ¿cómo fabricar un dispositivo para una niña que seguirá creciendo? Una silla convencional parte de medidas relativamente estandarizadas, pero en este caso había que pensar desde el principio en la posibilidad de modificar el diseño y ajustar sus componentes conforme cambiaran sus necesidades.
La impresión 3D tiene una ventaja cuando cada usuario necesita algo diferente
Una de las características más interesantes de la fabricación digital es precisamente esa posibilidad de personalización. En lugar de producir miles de objetos exactamente iguales, un diseño digital puede modificarse para adaptarlo a las dimensiones y necesidades de una persona concreta.
Eso resulta especialmente útil cuando hablamos de niños. Su cuerpo cambia rápido y una solución que funciona hoy puede necesitar ajustes dentro de unos meses. Con un modelo digital, determinadas piezas pueden rediseñarse, volver a imprimirse y adaptarse sin tener que empezar todo el proceso desde cero.
Pero hay un detalle importante: que algo pueda imprimirse en 3D no significa que automáticamente sea seguro o adecuado para utilizarse. Una silla de movilidad, una prótesis o cualquier dispositivo que tenga contacto directo con el cuerpo necesita considerar resistencia, estabilidad, ergonomía y seguridad. La impresora fabrica las piezas y el verdadero trabajo está en decidir qué hay que fabricar y por qué.
En Utah ya llevan años usando tecnología para ayudar a bebés a moverse
Lo que hizo Zac resulta llamativo, pero la idea de utilizar dispositivos de fabricación digital para apoyar la movilidad infantil no apareció con él. En Utah, investigadores y terapeutas de Shriners Children's Salt Lake City han desarrollado dispositivos para bebés que todavía no pueden desplazarse por sí mismos.
Uno de ellos es el Baby Bug Learning Toy, un dispositivo motorizado pensado para que los pequeños puedan experimentar el desplazamiento independiente durante una etapa importante de su desarrollo.
El proyecto comenzó en 2020 y posteriormente el hospital colaboró con la Universidad Estatal de Utah para simplificar su diseño y facilitar que pudiera reproducirse con mayor rapidez. En 2023 incluso se abrió el acceso al diseño para que otras personas pudieran fabricarlo.
La idea detrás de estos dispositivos va más allá de simplemente llevar a un bebé de un lugar a otro. Los terapeutas del hospital señalan que poder iniciar movimientos por cuenta propia permite a los pequeños explorar su entorno, algo relacionado con experiencias importantes para su desarrollo físico, cognitivo y social. Para un bebé que todavía no puede caminar, poder desplazarse por sí mismo también significa poder descubrir lo que tiene alrededor.
México también está utilizando la impresión 3D para fabricar prótesis
Aquí es donde la historia de Zac encuentra un punto interesante con México. De acuerdo con la ENADID 2023 del INEGI, en el país había alrededor de 8.9 millones de personas con discapacidad, equivalentes al 6.8% de la población.
La cifra no significa que todas esas personas necesiten una prótesis o una silla de ruedas. Sí permite dimensionar, sin embargo, la cantidad de personas que pueden requerir distintos tipos de apoyos, adaptaciones o dispositivos de asistencia y en México ya existen proyectos que utilizan fabricación digital para desarrollar algunas de estas soluciones.
Uno de ellos nació en las aulas del Tecnológico de Monterrey, campus Guadalajara. En 2015, estudiantes y profesores comenzaron a trabajar en Enable Tec, una iniciativa que utilizaba impresión 3D para fabricar prótesis funcionales de extremidades superiores destinadas a personas de bajos recursos.
El proyecto surgió a partir de una clase de biomecánica y utilizaba diseños de código abierto que podían modificarse de acuerdo con las medidas de cada usuario. Para 2017, el equipo ya había fabricado prótesis personalizadas para varias personas de la región y colaboraba con instituciones como el DIF y Teletón.
El material utilizado principalmente era PLA, uno de los plásticos más comunes en impresión 3D. Pero lo importante no era únicamente el material: el diseño podía modificarse antes de imprimirlo para ajustarlo a la persona que iba a utilizar la prótesis. No era simplemente imprimir una mano. Era diseñar una mano para alguien en particular.
Investigadores mexicanos también han diseñado prótesis 3D para niños
La fabricación digital tampoco se ha quedado únicamente en proyectos estudiantiles. Investigadores de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco, y de UNITEC desarrollaron una propuesta de prótesis de miembro superior impresa en 3D dirigida específicamente a niños de entre 6 y 11 años.
El objetivo era desarrollar una prótesis transradial que fuera ergonómica, segura y asequible como alternativa a las opciones disponibles en el mercado mexicano. Para hacerlo, los investigadores utilizaron herramientas como el diseño centrado en el usuario y Design Thinking.
Antes de fabricar el prototipo, realizaron entrevistas y observaciones para conocer las dificultades que enfrentaban los usuarios con prótesis convencionales. Después llegó el diseño, el prototipado y la fabricación.
Es un detalle que puede pasar desapercibido, pero resulta importante para entender qué papel juega realmente una impresora 3D en estos proyectos: no sustituye el proceso de diseño ni el conocimiento de los especialistas; permite fabricar de otra manera la solución que ellos desarrollaron.
El reto de Zac no era aprender a imprimir, sino diseñar para otra persona
Ahí es donde las 300 horas del proyecto cobran otro significado. Una impresora 3D puede seguir las instrucciones de un archivo, pero alguien tiene que decidir cuáles son esas instrucciones.
En una silla de movilidad hay que pensar en las dimensiones, la resistencia de los materiales, la estabilidad, la comodidad y la seguridad. Y en el caso de una niña de 21 meses, hay otro factor que complica todavía más las cosas: el dispositivo debe considerar que su usuaria seguirá creciendo.
Por eso, reducir la historia a “un niño fabricó una silla con una impresora 3D” sería quedarse con la parte más llamativa y perder la más interesante. Zac tuvo que aprender a utilizar una herramienta, pero también a entender un problema y convertirlo en un diseño que pudiera utilizar otra persona.
La impresión 3D ha bajado la barrera para empezar a fabricar
Una de las partes más curiosas de la historia es que Zac aprendió buena parte de lo que sabía viendo videos en internet. Lo que comenzó como curiosidad por la impresión 3D terminó convirtiéndose en un proyecto con una aplicación muy concreta.
Hace algunas décadas, fabricar una pieza personalizada requería tener acceso a maquinaria industrial, herramientas especializadas y conocimientos técnicos que no estaban al alcance de cualquiera. Hoy existen impresoras 3D relativamente accesibles y una enorme cantidad de información disponible en internet.
Eso no significa que cualquier persona pueda fabricar una prótesis o una silla segura en casa. Mucho menos cuando se trata de dispositivos relacionados con movilidad o salud.
Lo que sí ha cambiado es la barrera de entrada. Una persona puede aprender los conceptos básicos, experimentar con diseños y descubrir que la misma herramienta que sirve para imprimir una figura también puede utilizarse como parte de proyectos mucho más complejos.
Una impresora no reemplaza a los especialistas
Esta parte es importante porque la historia de Zac puede llevar fácilmente a una conclusión equivocada. No significa que cualquiera con una impresora 3D pueda fabricar una silla de ruedas o una prótesis funcional y segura por su cuenta.
Estos dispositivos necesitan considerar cargas, estabilidad, ergonomía, sujeción y las necesidades específicas de quien los utilizará. Por eso los proyectos mexicanos involucran conocimientos de biomecánica, diseño, ingeniería y fabricación, además de la participación de los propios usuarios.
En el caso de la propuesta desarrollada por investigadores de la UAM y UNITEC, por ejemplo, primero se estudiaron las necesidades de los usuarios y después se pasó al diseño y al prototipo. La tecnología llegó después del problema, no antes.
Al final, la impresora no es la protagonista
Zac pasó unas 300 horas de sus vacaciones trabajando en una silla para una niña de 21 meses. Es una cantidad de tiempo considerable para cualquier proyecto, pero aquí importa más lo que ocurrió durante esas horas que la cifra por sí sola.
El adolescente tuvo que aprender a utilizar una tecnología, entender las necesidades de otra persona, diseñar una solución y convertirla en algo que pudiera utilizarse en el mundo real, y ahí está la parte más interesante de esta historia. La impresión 3D no es realmente la protagonista. Tampoco la impresora y ni siquiera que Zac tenga 13 años.
Lo interesante es lo que ocurre cuando alguien aprende a utilizar una herramienta y decide preguntarse qué problema puede resolver con ella. En este caso, fueron 300 horas de trabajo para fabricar una silla. Pero el resultado puede ser mucho más importante que cualquier objeto salido de una impresora: que una niña tenga la posibilidad de explorar su mundo con mayor independencia.
Imágenes | Pexels, ABC4 Utah
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