La victoria del empresario y abogado Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia volvió a poner sobre la mesa un fenómeno que desde hace años transforma el mapa político de América Latina. Con un discurso de mano dura en seguridad, críticas a la clase política tradicional y afinidad con el estilo de liderazgo de Donald Trump, el nuevo presidente se suma a una lista de mandatarios y candidatos de derecha que han ganado terreno en la región pese a pertenecer a las élites económicas o empresariales.
Colombia no es un caso aislado. En los últimos años, figuras como Javier Milei de Argentina, Daniel Noboa de Ecuador, Nayib Bukele de El Salvador o el propio Donald Trump en Estados Unidos han construido parte de su respaldo entre sectores populares con discursos centrados en el hartazgo hacia los políticos de siempre, promover los valores tradicionales, la meritocracia y la promesa de recuperar el crecimiento económico.
Ese contexto ha reavivado una pregunta que la ciencia política, la sociología y la antropología llevan décadas intentando responder: ¿por qué personas de menores ingresos terminan respaldando a candidatos ricos o empresarios cuyos intereses económicos parecen distintos a los suyos? Lejos de atribuirlo a la desinformación o a la ignorancia del electorado, distintas corrientes académicas apuntan a factores como la identidad, la seguridad, los valores culturales y un concepto que señala una visión del mundo aspiracional.
Qué tienen en común los nuevos liderazgos de derecha en América Latina
De acuerdo con información de BBC Mundo, De la Espriella ganó en Colombia con una campaña centrada en la seguridad, el rechazo a la izquierda y la promesa de gobernar con "mano de hierro". Su perfil combina elementos que se han vuelto recurrentes en la nueva derecha latinoamericana: discurso contra el crimen, narrativa antiélite, uso intensivo de redes sociales y referencias a líderes como Trump.
El País también ha documentado que el avance de estas figuras forma parte de una tendencia regional más amplia. En distintos países, la derecha y la ultraderecha han logrado capitalizar el descontento con los gobiernos de izquierda o populistas, la inseguridad y la frustración económica. El atractivo no siempre está en una propuesta económica detallada, sino en una promesa más emocional: orden, castigo, autoridad y ruptura con "los de siempre".
En ese escenario, votar por un empresario o por un candidato millonario no necesariamente se interpreta como una defensa directa de los intereses de los ricos. Para muchos votantes, puede representar una apuesta por alguien que proyecta éxito, fuerza o capacidad de gestión. Ahí aparece una de las claves del debate: el voto no responde solo al bolsillo, también responde a la identidad, al miedo, a la aspiración y a la forma en que una sociedad entiende el mérito.
Qué es la hegemonía cultural y por qué ayuda a explicar este fenómeno
Una de las explicaciones más citadas para entender este fenómeno proviene del filósofo, político y teórico marxista italiano Antonio Gramsci, quien desarrolló el concepto de hegemonía cultural mientras permanecía encarcelado por el régimen fascista de Benito Mussolini entre las décadas de 1920 y 1930. En sus escritos, reunidos posteriormente en Cuadernos de la cárcel, planteó que una clase dominante no conserva el poder únicamente mediante las leyes, las instituciones o el uso de la fuerza, sino también cuando logra que su forma de entender el mundo sea aceptada por la mayoría como si fuera natural, deseable o incluso la única posible.
La antropóloga Candela Antón retomó este concepto en un video viral que publicó en su cuenta de TikTok, donde plantea que muchas personas pueden interiorizar ideas que no necesariamente benefician sus condiciones materiales. Entre ellas están la aspiración individual por encima de la redistribución de la riqueza, la meritocracia como explicación del éxito y la creencia de que el progreso de los empresarios terminará beneficiando a todos.
Desde esa lectura, la pregunta no sería únicamente por qué alguien con bajos ingresos vota por un candidato rico, sino qué narrativas hacen que ese candidato parezca más cercano, más legítimo o más capaz de resolver los problemas cotidianos. La riqueza, en lugar de verse como distancia social, puede presentarse como prueba de talento, disciplina o éxito personal.
Por qué la seguridad pesa más que la economía para algunos votantes
El voto de sectores populares hacia candidatos ricos o empresariales no puede explicarse con una sola teoría. En América Latina, la inseguridad se ha convertido en uno de los temas más decisivos. Cuando la violencia, la extorsión o el crimen organizado afectan la vida diaria, los discursos de mano dura pueden parecer más urgentes que las promesas de redistribución económica.
También influyen los valores culturales. Religión, familia, rechazo al progresismo, discursos contra las élites políticas corruptas o identificación con figuras que se presentan como "auténticas" pueden pesar tanto como una propuesta fiscal o laboral. En muchos casos, estos liderazgos no se venden como representantes de los ricos, sino como enemigos de una clase política que el electorado percibe agotada.
A esto se suma la fuerza de la meritocracia. La idea de que cualquiera puede triunfar si trabaja lo suficiente sigue siendo una narrativa poderosa, incluso en sociedades con alta desigualdad. Por eso, algunos votantes pueden admirar a empresarios millonarios no como adversarios de clase, sino como modelos aspiracionales.
La nueva derecha también busca abrirse paso en México
Aunque el fenómeno ha cobrado mayor fuerza en países como Argentina, El Salvador o Colombia, especialistas consideran que México también comienza a mostrar señales de una reorganización de la derecha. De acuerdo con Milenio, el investigador del Instituto Mora, Mario Santiago, sostiene que el país atraviesa un periodo de "incubación" de nuevas expresiones conservadoras que buscan encontrar un liderazgo capaz de competir con el proyecto político de izquierda conocido como la Cuarta Transformación encabezado por el partido en el poder: Morena.
Según el académico, la derecha mexicana atraviesa una etapa de prueba y error, en la que distintos actores han comenzado a posicionar temas como la seguridad, el rechazo a la llamada "ideología de género" o feminismo, el libre mercado, la familia tradicional o las críticas a la agenda woke. Sin embargo, a diferencia de otros países de la región, todavía no existe una figura que logre concentrar ese movimiento bajo un mismo liderazgo.
En ese proceso han aparecido nombres como la senadora Lilly Téllez, el actor Eduardo Verástegui, el exgobernador Juan Manuel Oliva, Juan Iván Peña Neder y el empresario Ricardo Salinas Pliego, quienes suelen ser identificados como algunas de las voces más visibles de este sector. No obstante, el experto señala que, por ahora, ninguno ha conseguido convertirse en un referente comparable con Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador.
Para Mario Santiago, ese escenario podría cambiar conforme se acerquen los próximos procesos electorales en 2027, ya que el crecimiento de estos discursos depende tanto del contexto político como de la aparición de un liderazgo capaz de capitalizar el descontento social.
La victoria en Colombia reavivó una vieja discusión política
Desde hace años, autores y analistas han intentado explicar por qué sectores trabajadores respaldan proyectos que prometen reducir impuestos a los más ricos, recortar el poder del Estado o favorecer políticas de mercado neoliberales. Sin embargo, el nuevo avance de los liderazgos de derecha volvió a actualizar la discusión.
Reducir ese voto a ignorancia o manipulación mediática sería una explicación sesgada. Lo que muestran estos procesos electorales es algo más complejo: en contextos de miedo, enojo o frustración social, muchas personas no votan solo por intereses económicos inmediatos, sino por narrativas que prometen orden, pertenencia, reconocimiento o movilidad social.
Por eso, la pregunta sigue siendo incómoda. No porque tenga una respuesta simple, sino porque obliga a mirar más allá de lo económico y observar cómo se construyen las aspiraciones políticas. En América Latina, donde la desigualdad convive con altos niveles de inseguridad y desconfianza institucional, esa combinación puede ser suficiente para explicar por qué los millonarios también pueden presentarse como candidatos del pueblo.
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