En 1866, Napoleón III le dio a París Internet propio: bajo tierra siguen enterrados 427 km de "cables" que nadie quiere quitar

Inició como un enlace exclusivo entre estaciones de telégrafos, pero se convirtió en una red de comunicación urbana masivas 

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Ismael Garcia Delgado

Editor Jr
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Ismael Garcia Delgado

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Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

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París esconde un secreto que millones de personas pisan a diario sin siquiera sospecharlo: bajo el asfalto parisino siguen sepultados cientos de kilómetros de una red de comunicación que operaba como una especie de Internet analógico y mecánico mucho antes de la era digital. 

Por más de un siglo, estos conductos impulsados por aire comprimido mandaban correspondencia de un extremo a otro de la metrópoli en cuestión de minutos. Cuando la tecnología quedó obsoleta, simplemente se optó por el olvido. Nadie los desenterró y se quedaron ahí.

Cuando el telégrafo se quedó corto. Todo comenzó en pleno mandato de Napoleón III. Aunque el telégrafo eléctrico había revolucionado la inmediatez de la información, tenía un talón de Aquiles: el mensaje llegaba rápido a la central de telégrafos, pero de ahí a la casa del destinatario el reparto a pie o a caballo arruinaba la velocidad del proceso.

Tomando como referencia un sistema similar que Londres implementó unos años antes, París diseñó una infraestructura subterránea para agilizar esa última milla de entrega. Los ensayos iniciales arrancaron en 1866 y, al poco tiempo, la capital francesa ya presumía de una red de correo impulsada enteramente por aire comprimido.

La red de tuberías de la Belle Époque. Los mensajes se guardaban en contenedores cilíndricos de metal diseñados para deslizarse a la perfección dentro de tuberías de apenas 6.5 centímetros de diámetro. Gracias a potentes compresores que inyectaban o succionaban aire, estas cápsulas viajaban por el subsuelo a velocidades cercanas a los 40 kilómetros por hora

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Así, llegaban hasta la oficina más cercana al destino final, donde un cartero hacía la entrega manual. En un contexto donde el teléfono era un servicio inalcanzable para la mayoría y las cartas comunes tardaban horas o días en llegar, París consolidó un sistema físico capaz de entregar correspondencia en menos de una hora.

427 kilómetros bajo el suelo parisino. Lo que inició como un enlace exclusivo entre estaciones de telégrafos se convirtió en una de las redes de comunicación urbana más masivas de la época. Para 1879, el servicio se abrió al público general y pasó a ser indispensables para comerciantes, abogados, burócratas y ciudadanos comunes.

Con el paso de los años, el entramado sumó cerca de 427 kilómetros de tuberías y enlazó unas 130 sucursales en toda la ciudad e incluso extendiéndose hasta la periferia en Neuilly-sur-Seine. Esta red neumática se volvió parte del día a día en París. Llegó a procesar decenas de millones de envíos anuales al punto en que el Parlamento lo usó para agilizar el envío de documentos oficiales.

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El principio del fin. A pesar de su éxito rotundo, la tecnología se topó de frente con un rival invencible: la evolución de las telecomunicaciones. El teletipo, el fax y la popularización del teléfono residencial hicieron que mantener esta inmensa red de tubos fuera económicamente insostenible.

El desgaste físico de los conductos provocaba fallas recurrentes, obligando a los técnicos a bajar constantemente al drenaje profundo para destrabar cápsulas atoradas. Finalmente, el 30 de marzo de 1984, en punto de las cinco de la tarde, el sistema neumático apagó sus máquinas de forma definitiva.

La red fantasma que duerme bajo París. Lo verdaderamente curioso es el destino físico de la infraestructura. Al cancelarse el servicio, nadie se tomó la molestia de desmantelar los tubos. Retirarlos implicaba abrir zanjas en prácticamente toda la capital francesa, un caos urbano innecesario para retirar algo que, al final del día, no estorbaba en el subsuelo.

Así, esos 427 kilómetros de metal siguen bajo el pavimento: comparten espacio con el cableado eléctrico, las tuberías de agua, gas y la moderna fibra óptica. Es, en esencia, un vestigio arqueológico de la tecnología: el testimonio silencioso de una ciudad que diseñó su propio Internet mecánico un siglo antes de que el término siquiera existiera.

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