Los hijos dejan algo más que recuerdos en sus madres: algunas de sus células pueden quedarse durante décadas

Tu hijo puede dejarte algo más que recuerdos, fotografías y una cicatriz.

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samantha

Samantha Guerrero

Editora Jr
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Entusiasta de la tecnología. Otaku en las sombras, con RGB para ver de noche y debilidad por las historias donde alguien grita “¡Seeenpaiiiii!”. Como diría Vash the Stampede: “¡Este mundo está hecho de amor y paz!”.

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Una madre puede pasar décadas sin darse cuenta de que todavía lleva dentro una pequeña parte de su hijo. No hablamos de recuerdos ni de una metáfora sobre el vínculo entre ambos, sino de algo mucho más literal: durante el embarazo, algunas células del feto pueden atravesar la placenta, entrar en el organismo de la madre y permanecer allí mucho después del nacimiento. Los científicos conocen este fenómeno como microquimerismo fetal y lo han estudiado en diferentes tejidos y órganos.

Lo más sorprendente es que esas células no necesariamente desaparecen cuando termina el embarazo. Se han encontrado células de probable origen fetal en lugares como el corazón, el hígado, la piel y el cerebro, incluso muchos años después del parto; y en algunos casos pueden permanecer durante décadas, aunque la ciencia todavía intenta entender exactamente qué hacen durante todo ese tiempo.

Pero la historia se vuelve todavía más interesante. Algunas investigaciones han encontrado estas células en zonas donde existe una lesión o un proceso de reparación, mientras que otras las han relacionado con mecanismos del sistema inmunológico, y eso no significa que las células de los hijos siempre ayuden a sus madres ni que necesariamente sean perjudiciales: su efecto parece depender del tejido, del momento y del contexto biológico.

La primera pista apareció en el cerebro

Una de las evidencias más llamativas apareció precisamente donde probablemente menos esperaríamos encontrar células procedentes de un embarazo: el cerebro. En 2012, investigadores de Fred Hutchinson Cancer Research Center analizaron muestras cerebrales obtenidas durante autopsias de 59 mujeres que habían fallecido entre los 32 y los 101 años; en 37 de ellas, es decir, alrededor de 63%, detectaron material genético asociado con el cromosoma Y en distintas regiones cerebrales.

Como las mujeres normalmente no tienen cromosoma Y, los investigadores utilizaron su presencia como una especie de pista para detectar células de origen masculino. La explicación más probable era que ese material procediera de un embarazo anterior con un feto masculino, aunque el estudio no permitía saber de qué hijo provenían las células ni qué estaban haciendo exactamente dentro del cerebro.

El dato que hizo todavía más llamativo el hallazgo fue la edad de algunas de las participantes. La mujer de mayor edad en la que se detectó ese material tenía 94 años, lo que sugería que las células asociadas con un embarazo podían permanecer en el organismo durante muchísimo tiempo, y eso no significa que esas células fueran neuronas ni que estuvieran desempeñando una función cerebral concreta.

Lo que sí mostró el estudio fue algo mucho más básico y, al mismo tiempo, sorprendente: material genético compatible con un origen fetal podía encontrarse en el cerebro de una mujer décadas después de un embarazo. En otras palabras, el intercambio celular que ocurre durante la gestación puede llegar bastante más lejos de lo que parece.

El embarazo no es una frontera completamente cerrada

Durante la gestación, madre y feto no son dos organismos completamente aislados. La placenta funciona como una interfaz en la que existe un intercambio de moléculas y también de células, de modo que algunas células fetales pueden entrar en el organismo materno y, al mismo tiempo, algunas células de la madre pueden pasar al feto.

Cuando esas pequeñas poblaciones celulares permanecen después del embarazo, los investigadores hablan de microquimerismo. Un estudio publicado en 2024 por investigadores del Instituto Politécnico Nacional y del Instituto Nacional de Perinatología, en Ciudad de México, analiza precisamente este fenómeno y el intercambio celular que ocurre entre madre e hijo.

Los autores señalan que se ha detectado ADN fetal en la circulación materna desde el primer trimestre y que también se han encontrado células de origen fetal en órganos como los pulmones, el bazo, el hígado, los riñones y el corazón. El intercambio también funciona en sentido contrario: células de la madre pueden permanecer en los tejidos de su hijo después del nacimiento.

Y aquí aparece otro detalle sorprendente: ese intercambio no necesariamente termina cuando nace el bebé. La revisión mexicana recoge investigaciones en las que células derivadas del embarazo pudieron rastrearse hasta 27 años después del último parto, una muestra de que algunas de estas poblaciones pueden permanecer durante largos periodos.

Dicho de otra manera, el embarazo puede dejar una especie de memoria celular. El cordón umbilical desaparece y el bebé crece, pero una pequeña cantidad de células de uno puede seguir viviendo dentro del otro durante años.

Embarazo

En México también se estudia esta conexión

El fenómeno tampoco es algo que solamente se haya observado en laboratorios de otros países. Investigadores del Instituto Nacional de Perinatología y del Instituto Politécnico Nacional han estudiado específicamente el microquimerismo y su posible relación con la lactancia y la comunicación biológica entre madre e hijo.

Su trabajo explica que durante la gestación existe un intercambio bidireccional de células y material genético, pero también analiza lo que ocurre después del nacimiento. En la lactancia, por ejemplo, la madre puede transferir al bebé diferentes componentes biológicos, como células, anticuerpos y bacterias comensales.

Esto no significa que la leche materna deje necesariamente células que permanecerán durante décadas ni que todas las células fetales tengan un efecto protector. Lo que muestra esta investigación es que la relación biológica entre madre e hijo es mucho más compleja que la simple imagen de un embarazo que termina cuando nace el bebé.

Y eso cambia ligeramente la forma de entender el microquimerismo. No se trata simplemente de que unas cuantas células "se escapen" del feto y queden olvidadas en el cuerpo de la madre, sino de que madre e hijo pueden intercambiar células que, en determinados casos, permanecen durante años.

Algunas células incluso aparecen en una cicatriz

Uno de los estudios más curiosos sobre el fenómeno se fijó en las cicatrices de una cesárea. Los investigadores analizaron muestras de piel de 70 mujeres y buscaron células masculinas de probable origen fetal en las zonas donde habían quedado las cicatrices de la operación.

En las mujeres que habían tenido a su primer hijo varón mediante cesárea, encontraron pequeñas cantidades de estas células en la epidermis de la cicatriz. Pero el hallazgo no terminó ahí, porque algunas de ellas mostraban características compatibles con queratinocitos, las células predominantes de la epidermis, además de marcadores relacionados con procesos de reparación y producción de colágeno.

Los investigadores plantearon que las células fetales podrían haber migrado hacia la zona de la lesión como respuesta a las señales producidas por la herida y que quizá participaran en la reparación del tejido. Pero aquí hay que hacer una distinción importante: el estudio no demuestra que el hijo “cerró” la herida de su madre.

Lo que sí demuestra es que células de probable origen fetal podían encontrarse en la cicatriz y presentaban características compatibles con células implicadas en la reparación. Saber exactamente qué función cumplen y si realmente participan en ese proceso requiere más investigación, y esa cautela importa porque el microquimerismo no parece tener una sola función.

No todo podría ser beneficioso

Todo esto podría sonar bastante bonito: una madre lleva durante décadas algunas células de su hijo y quizá esas células incluso ayudan a reparar tejidos. El problema es que la biología rara vez es tan sencilla.

El microquimerismo fetal también se ha relacionado en distintos estudios con procesos inmunológicos, enfermedades autoinmunes, cáncer y otras condiciones. En paralelo, otras investigaciones han planteado posibles efectos beneficiosos relacionados con la reparación de tejidos o con determinados mecanismos de regulación inmunológica.

Por eso sería demasiado sencillo decir que las células de los hijos son buenas o, en el extremo contrario, que son perjudiciales. Su comportamiento parece depender del tejido en el que se encuentran, del momento y del contexto en el que interactúan con el resto del organismo.

En algunos escenarios pueden aparecer asociadas con procesos de reparación. En otros, pueden encontrarse junto a fenómenos relacionados con la enfermedad, y eso deja una pregunta todavía abierta: ¿qué hacen realmente estas células durante todos esos años?

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Y la conexión funciona también al revés

Hasta ahora hemos hablado de células que pasan del bebé a la madre, pero el intercambio también ocurre en sentido contrario. Durante el embarazo, algunas células maternas atraviesan la placenta y pueden permanecer en el organismo del hijo después del nacimiento; a este fenómeno se le conoce como microquimerismo materno.

Los investigadores han estudiado estas células porque podrían participar en el desarrollo y en la regulación del sistema inmunológico del hijo. Algunas investigaciones incluso han encontrado pistas sobre mecanismos mediante los cuales las células maternas pueden ayudar al organismo del niño a tolerar determinados antígenos heredados de la madre.

Un trabajo publicado en Immunity estudió este fenómeno en ratones y encontró un pequeño subconjunto de células microquiméricas maternas que contribuía a mantener la tolerancia inmunológica hacia antígenos maternos que las crías no habían heredado. Cuando los investigadores eliminaron esas células específicas, la tolerancia se alteró.

Pero aquí hay que poner otro asterisco: el experimento se hizo en ratones. No demuestra que exactamente el mismo mecanismo funcione de la misma manera en seres humanos, aunque sí aporta una pista interesante sobre la posibilidad de que esas células no sean simples restos celulares.

La historia puede llegar hasta la abuela

Y aquí aparece uno de los detalles más extraños de todo el fenómeno. En 2021, un equipo de investigadores analizó 28 muestras de sangre de cordón umbilical y buscó células que procedieran de la abuela materna.

Las encontraron en cinco de las 28 muestras, alrededor de 18%. La explicación propuesta parte de algo que ya conocemos: una mujer puede conservar algunas células de su propia madre desde el embarazo que ella experimentó décadas atrás.

Cuando esa mujer queda embarazada, algunas de las células que todavía conserva pueden circular por su organismo y, en determinadas circunstancias, alcanzar al nuevo feto. Así aparece una posibilidad extraordinaria: células de una abuela podrían terminar dentro de su nieto pasando primero por su hija.

Los investigadores encontraron evidencia compatible con esta transferencia entre tres generaciones: abuela, madre y nieto. Pero, nuevamente, hay que mantener los pies en la tierra, porque el estudio no demuestra que esas células tengan una función específica en el nieto ni que estén realizando alguna tarea concreta.

Lo que sí demostró fue que esas células podían detectarse. Y eso basta para abrir una posibilidad que parece salida de una película de ciencia ficción: una persona podría llevar en su cuerpo células que alguna vez pertenecieron a su abuela.

Pero esto no es lo mismo que el quimerismo

Hasta aquí hablamos de personas que llevan pequeñas cantidades de células genéticamente diferentes dentro de su organismo. Pero existe otro fenómeno que suena parecido y que conviene no mezclar con el microquimerismo.

El quimerismo ocurre cuando una persona tiene dos poblaciones celulares que proceden de embriones genéticamente diferentes. En el caso del llamado quimerismo tetragamético, dos embriones formados a partir de dos óvulos y dos espermatozoides pueden fusionarse durante una etapa muy temprana del desarrollo y terminar formando una sola persona.

El resultado es un individuo cuyos tejidos pueden contener dos líneas genéticas diferentes, y eso puede producir situaciones extremadamente extrañas cuando llega el momento de realizar una prueba de ADN.

No es lo mismo que el microquimerismo. En este último, una persona conserva una pequeña población de células procedentes de otro individuo, algo que puede ocurrir durante el embarazo, mientras que en el quimerismo tetragamético, las dos líneas celulares forman parte del propio desarrollo embrionario.

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Una mujer necesitaba un riñón y su ADN decía que dos hijos no eran suyos

Uno de los casos más conocidos de quimerismo es el de Karen Keegan, una mujer de 52 años que necesitaba un trasplante de riñón. Como parte del proceso, sus familiares fueron sometidos a pruebas genéticas para determinar quién podía ser compatible con ella. 

El resultado fue desconcertante: las pruebas indicaron inicialmente que dos de sus tres hijos no podían ser biológicamente suyos, pero sí lo eran. Los investigadores descubrieron que Keegan era una quimera tetragamética. Dos embriones se habrían fusionado en una etapa temprana del desarrollo y terminaron formando una sola persona con dos líneas celulares genéticamente diferentes.

Eso explicaba por qué algunas muestras de su cuerpo no coincidían genéticamente con sus hijos, mientras que otras sí. El problema no era que la prueba de ADN estuviera equivocada: el cuerpo de Keegan no tenía un único perfil genético en todos sus tejidos.

El caso también mostró por qué el quimerismo puede convertirse en un verdadero dolor de cabeza para la medicina. Si una muestra genética proviene de una de las líneas celulares y otra de la segunda, los resultados pueden parecer contradictorios hasta que alguien se da cuenta de que ambas están dentro de la misma persona.

El cuerpo humano es mucho menos uniforme de lo que parece

El microquimerismo y el quimerismo son fenómenos diferentes, pero juntos cuentan una historia bastante fascinante sobre nuestro propio cuerpo. Durante un embarazo, madre e hijo pueden intercambiar células y algunas de ellas pueden permanecer durante años o incluso décadas.

En casos todavía más particulares, esas células pueden proceder de una generación anterior. También pueden encontrarse en distintos tejidos, aparecer cerca de una lesión o relacionarse con procesos inmunológicos, aunque todavía no sepamos exactamente qué función cumplen.

Por eso sería exagerado decir que los hijos "reparan" el cuerpo de sus madres o que las células maternas protegen necesariamente a sus hijos. La ciencia todavía está intentando descubrir cuándo estas células son importantes, cuándo simplemente están presentes y qué consecuencias puede tener su permanencia.

Lo que sí sabemos es bastante más extraño que la metáfora con la que solemos hablar del embarazo: una persona puede conservar dentro de sí una pequeña población de células de otra persona durante décadas.

Y en algunos casos, esa otra persona puede ser su propio hijo. O incluso, de manera todavía más sorprendente, algunas de esas células podrían haber comenzado su viaje una generación antes, cuando la abuela estaba embarazada de la madre. El embarazo termina, el cordón umbilical se corta, el bebé crece y la vida continúa, pero a nivel celular, en algunos casos, la historia puede tardar mucho más en terminar. 

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