Unos borregos cruzaron una autopista por un puente peatonal en México y la ciencia explica por qué parecen entender las reglas mejor que nosotros

¿Los borregos son más responsables que los humanos al cruzar una carretera?

Ovejas
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samantha

Samantha Guerrero

Editora Jr
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Entusiasta de la tecnología. Otaku en las sombras, con RGB para ver de noche y debilidad por las historias donde alguien grita “¡Seeenpaiiiii!”. Como diría Vash the Stampede: “¡Este mundo está hecho de amor y paz!”.

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Un rebaño de borregos cruzando una autopista por un puente peatonal parece una escena sacada de una película, pero ocurrió en México: decenas de animales fueron guiados por un pastor sobre un paso elevado en San Miguel Balderas, Tenango del Valle, mientras permanecía cerrado un tramo de la autopista Tenango-Ixtapan de la Sal. 

Las imágenes rápidamente hicieron que los borregos parecieran los mejores alumnos de una escuela de educación vial. En lugar de lanzarse directamente sobre los carriles, el rebaño avanzó por el puente y llegó al otro lado de la carretera sin enfrentarse al tráfico. La escena parece mostrar que todos sabían perfectamente qué tenían que hacer, pero la explicación es bastante menos extraordinaria.

En realidad, los animales no conocían las reglas de tránsito ni decidieron por su cuenta que el puente era la opción más segura. El pastor estaba conduciendo al rebaño y, una vez iniciado el movimiento, entró en juego una característica muy conocida de las ovejas: son animales sociales que tienden a mantenerse cerca de los demás; un movimiento iniciado por unos cuantos puede terminar propagándose por todo el grupo. 

El puente no fue idea de los borregos, pero sí aprovecharon su comportamiento

La historia ocurrió durante los bloqueos registrados en Tenango del Valle, luego de que habitantes de distintas comunidades mantuvieran cerrada la autopista y otras vialidades como parte de protestas relacionadas con infraestructura y rehabilitación de caminos, según un reporte de La Jornada. En medio de ese escenario, un pastor necesitaba trasladar su rebaño hacia terrenos destinados al pastoreo.

En lugar de llevar a los animales directamente por los carriles de la autopista, el hombre los condujo por el puente peatonal. Los borregos avanzaron uno detrás de otro hasta llegar al otro lado y, desde fuera, el resultado parece casi demasiado ordenado para tratarse de un grupo de animales, pero no hacía falta que cada uno entendiera la situación: bastaba con que siguieran la dirección marcada por los primeros.

Y aquí es donde la escena empieza a ponerse interesante. El pastor proporcionó la dirección general y el propio comportamiento social del rebaño ayudó a mantener el movimiento, por lo que no tuvo que indicarle a cada animal dónde poner las patas ni convencer uno por uno de que atravesara el puente; una vez que varios comenzaron a avanzar, el resto tuvo una referencia muy sencilla frente a ellos.

Los borregos tienen una tendencia natural a mantenerse juntos

Las ovejas son animales gregarios, por lo que permanecer cerca de otros miembros del grupo puede ofrecerles ventajas frente a distintas amenazas. Un grupo más compacto puede facilitar la detección de peligros y disminuir la exposición individual ante un depredador, y lo importante es que esta tendencia a permanecer juntas no apareció para facilitarles el trabajo a los pastores: es parte de una estrategia de comportamiento mucho más antigua.

Eso también explica por qué una oveja no necesita analizar toda la ruta que está siguiendo el rebaño; puede responder a los movimientos de los animales que tiene cerca y ajustar su propio desplazamiento para mantener la proximidad con ellos. Cuando esto ocurre decenas de veces al mismo tiempo, el resultado parece mucho más sofisticado de lo que realmente necesita ser.

Una oveja se mueve, la de atrás responde y la siguiente hace prácticamente lo mismo. Así, pequeñas decisiones individuales terminan produciendo un desplazamiento colectivo que desde lejos parece una sola decisión tomada por todo el grupo y es una especie de reacción en cadena, pero con patas, lana y bastante menos interés por las señales de tránsito.

No necesitan un "jefe de rebaño" para moverse todos juntos

Cuando pensamos en un rebaño, es fácil imaginar que existe un animal líder que toma todas las decisiones mientras los demás simplemente obedecen. La investigación sobre ovejas muestra algo más complejo: algunos individuos pueden iniciar movimientos con mayor frecuencia y otros tienden a seguirlos.

En experimentos con ovejas entrenadas, los investigadores observaron que un animal que había aprendido a desplazarse hacia un objetivo podía provocar que otros individuos que no habían recibido ese entrenamiento también comenzaran a moverse hacia el mismo lugar. Es decir, el comportamiento de un individuo puede proporcionar información suficiente para desencadenar una respuesta en los demás.

Esto ayuda a entender lo que aparentemente ocurre en las fotografías del Estado de México. El pastor marca la dirección; algunos animales comienzan a avanzar y los que vienen detrás responden a ese movimiento. No hace falta imaginar a un "jefe" ordenando al resto: basta con una serie de respuestas individuales que terminan produciendo un movimiento colectivo.

Borregos Puente

El movimiento colectivo funciona casi como una cadena

Uno de los experimentos descritos en el material estudió precisamente qué ocurre cuando se mezclan ovejas entrenadas con otras que no lo están. Las primeras aprendieron a responder a una señal y desplazarse hacia un objetivo; posteriormente, cuando se encontraban junto a animales no entrenados, su movimiento podía provocar que estos también cambiaran de posición. 

El comportamiento de unos cuantos terminaba afectando al grupo completo. Esto tiene una consecuencia bastante curiosa: no hace falta que cada oveja conozca el destino final. 

Lo único necesario es que responda a lo que ocurre a su alrededor y mantenga cierta cercanía con los demás animales. De esta manera, la información sobre hacia dónde se está moviendo el grupo puede propagarse rápidamente de un individuo al siguiente.

Es justo lo que hace que un rebaño pueda parecer una sola criatura gigantesca cuando se mueve. No existe una mente colectiva que les diga "ahora todos a la derecha"; hay muchas decisiones individuales extremadamente sencillas que, al ocurrir al mismo tiempo y entre animales que se siguen mutuamente, terminan generando un comportamiento coordinado.

Hay una razón evolutiva para no separarse

La tendencia a mantenerse juntas tampoco apareció porque las ovejas tuvieran que cruzar carreteras. Tiene raíces evolutivas relacionadas con la vida en grupo y la protección frente a amenazas. 

Investigaciones que utilizaron datos de GPS observaron que, ante el acercamiento de un perro de pastoreo, las ovejas tendían a desplazarse hacia el centro del grupo, en lugar de alejarse individualmente.

Ese comportamiento encaja con una idea conocida como "efecto de rebaño egoísta" (selfish herd). El nombre suena extraño, pero la lógica es bastante sencilla: cada animal intenta mejorar su propia posición frente a un posible peligro y, al hacerlo, termina acercándose a los demás y el resultado es un grupo más compacto.

Así que cuando vemos a los borregos subiendo juntos por el puente de Tenango, no estamos viendo únicamente animales siguiendo al pastor. También estamos viendo una conducta social que favorece la cohesión del grupo y que puede hacer que decenas de individuos terminen moviéndose prácticamente como una sola unidad.

Y el pastor tiene un papel más importante de lo que parece

Aunque el comportamiento del rebaño hace buena parte del trabajo, eso no significa que los animales hayan decidido espontáneamente cuál era la ruta correcta. 

El pastor sigue siendo quien proporciona la dirección general y aprovecha la tendencia de los animales a mantenerse juntos para desplazarlos de manera colectiva. En otras palabras, no es que los borregos hayan descubierto por sí solos la infraestructura peatonal.

La ventaja es que una persona no necesita controlar individualmente cada trayectoria. Cuando algunos animales comienzan a moverse en determinada dirección, los demás pueden seguirlos y mantener la cohesión del grupo

El pastor puede orientar el movimiento sin tener que ir detrás de cada borrego explicándole que, en efecto, el puente amarillo es una buena idea. Por eso la escena funciona tan bien como ejemplo de comportamiento colectivo. 

El hombre pone la dirección y los propios animales contribuyen a mantenerla. Una vez que el movimiento comienza, el grupo puede hacer buena parte del trabajo gracias a esas pequeñas respuestas entre individuos.

Borregos

¿Y qué tiene que ver todo esto con los humanos?

Más de lo que parece. Los humanos también utilizamos la conducta de quienes nos rodean como una fuente de información, especialmente cuando no tenemos todos los datos necesarios para tomar una decisión. Basta pensar en una multitud: alguien empieza a caminar y otros lo siguen, alguien se detiene y quienes vienen detrás pueden reducir también su velocidad.

Uno de los ejemplos más estudiados aparece precisamente al cruzar calles. El material señala una investigación publicada en Behavioral Ecology en la que se observó cómo los peatones utilizaban el comportamiento de otras personas para decidir cuándo cruzar una carretera. En promedio, una persona tenía entre 1.5 y 2.5 veces más probabilidades de comenzar a cruzar cuando su vecino ya había iniciado el cruce.

Eso significa que nosotros también podemos utilizar lo que hacen los demás como una pista sobre lo que conviene hacer. El problema es que una pista no necesariamente equivale a una decisión correcta: que alguien haya comenzado a cruzar no significa que el intervalo entre vehículos sea seguro para nosotros. Seguir al grupo puede coordinar nuestros movimientos, pero no sustituye la necesidad de mirar por dónde estamos pasando.

Los borregos no saben qué es una autopista. Nosotros sí

Y quizá ahí está la parte más divertida de toda la historia. Las fotografías parecen mostrar a un grupo de borregos tomando una decisión que muchos humanos no siempre toman: utilizar un puente peatonal para evitar los vehículos, pero sería injusto darle demasiado crédito al rebaño; ellos no estaban pensando en seguridad vial ni sabían que debajo había una autopista.

Estaban siendo conducidos por su pastor y, además, el contexto era particular porque ese tramo de la carretera permanecía cerrado. Lo interesante fue que la cohesión del grupo hizo posible que los animales avanzaran por la misma ruta sin que fuera necesario dirigir individualmente a cada uno.

Por eso la imagen resulta tan curiosa: parece que todos los borregos saben perfectamente hacia dónde van, cuando en realidad basta con que unos comiencen a moverse y los demás respondan a ellos. La ciencia detrás de la escena es mucho menos espectacular que imaginar un rebaño comprendiendo las reglas de tránsito, pero quizá resulta más interesante.

Los borregos no entienden las señales de tránsito ni saben qué es una autopista. Nosotros sí. Tenemos puentes, banquetas y toda una infraestructura diseñada precisamente para evitar que terminemos caminando entre vehículos, así que quizá la fotografía de Tenango del Valle deja una última pregunta bastante incómoda: ¿quién está aprovechando mejor las obras públicas, los borregos o nosotros?

Imágenes | Pexels, Cuartoscuro

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