Por años, la ciencia del sueño ha señalado al sueño profundo como el principal responsable del descanso. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que la percepción de haber dormido bien podría depender de algo distinto, la intensidad de los sueños.
Un estudio publicado por PLOS Biology encontró que los sueños vívidos e inmersivos están relacionados con una mayor sensación subjetiva del descanso. Lo llamativo es que esto ocurre incluso cuando la actividad cerebral corresponde a fases consideradas como el sueño ligero.
La experiencia de dormir profundo no siempre coincide con el cerebro
En el estudio participaron 44 adultos, quienes fueron monitoreados durante cuatro noches mediante electroencefalogramas. A lo largo de este experimento, los investigadores despertaron en múltiples ocasiones durante la fase N2, una etapa del sueño ligero que no pertenece al sueño REM.
En cada ocasión que se despertaban a los participantes, ellos debían describir cómo se sentirían justo antes de abrir los ojos. Los resultados mostraron un patrón interesante: muchas personas reportaron haber estado en un sueño profundo, esto, a pesar de que su actividad cerebral indicaba lo contrario. El cerebro podía estar en una fase ligera, pero la experiencia que tenían las personas era completamente distinta.
Descanso más convincente con sueños intensos
También los expertos observaron que cuando los participantes se encontraban inmersos en sueños vívidos, la sensación de descanso aumentaba. Incluso si no recordaban con claridad lo que habían soñado, la percepción de haber dormido bien seguía presente en ellos.
De este modo, sugiere que la memoria del sueño no es un factor determinante para un descanso profundo. En cambio, lo destacable podría ser el nivel de desconexión del entorno y la profundidad con la que el cerebro se involucra en esa experiencia.
Estos hallazgos también podrían tener implicaciones en el tratamiento de trastornos del sueño. En lugar de centrarse únicamente en las fases profundas, la investigación abre una posibilidad para estudiar cómo la actividad onírica puede influir en la percepción que se tiene del descanso. Tal es el caso del problema del insomnio, el cual podría no estar ligado solo a cuánto duerme una persona, sino a cómo su cerebro experimenta ese sueño.
Los resultados no cambiarían lo que se sabe del sueño, pero sí añaden una cuestión importante: descansar no siempre depende de cuánto duerme el ser humano, sino de cómo lo interpreta el cerebro. Esto abre la puerta a una nueva forma de entender el descanso y no solo como un proceso biológico, también como una forma de experiencia.
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