Tu cerebro tiene un truco para arruinarte las cosquillas y lo hace antes de que las sientas

El cerebro tiene una especie de "spoiler" para tus propias cosquillas.

Las Cosquillas
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samantha

Samantha Guerrero

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Entusiasta de la tecnología. Otaku en las sombras, con RGB para ver de noche y debilidad por las historias donde alguien grita “¡Seeenpaiiiii!”. Como diría Vash the Stampede: “¡Este mundo está hecho de amor y paz!”.

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Intenta hacerte cosquillas en la planta del pie, las costillas o la palma de la mano. Puedes mover los dedos todo lo que quieras, pero difícilmente conseguirás la misma reacción que cuando otra persona lo intenta. Y no, tus manos no son malas haciendo cosquillas: tu cerebro simplemente sabe demasiado bien lo que estás a punto de hacer. 

Nacho Roura, investigador y divulgador en neurociencia, explica que una de las claves está en el cerebelo, una estructura ubicada en la parte posterior del encéfalo que participa en la coordinación del movimiento y también ayuda a anticipar las consecuencias sensoriales de nuestras propias acciones. En otras palabras, tu cerebro no espera a que tus dedos lleguen a la piel para enterarse de lo que está pasando: empieza a preparar la respuesta antes.

Cuando decides mover una mano para tocar otra parte de tu cuerpo, el sistema nervioso también hace una predicción sobre lo que debería ocurrir. Puede anticipar el movimiento, el momento aproximado del contacto y parte de la sensación que vendrá después. Cuando la información real coincide con esa expectativa, el cerebro puede reducir su respuesta y ese fenómeno se conoce como atenuación sensorial y es la razón por la que hacerte cosquillas a ti mismo resulta mucho más difícil de lo que parece. 

Mover una mano no consiste solamente en mover los músculos

Cuando decides frotar tu mano izquierda con la derecha, el cerebro no se limita a enviar una orden y esperar a que los músculos hagan su trabajo. La corteza motora participa en la generación del movimiento, las regiones somatosensoriales procesan la información que llega desde el contacto y el cerebelo ayuda a anticipar qué consecuencias sensoriales tendrá esa acción, y todo esto ocurre prácticamente al mismo tiempo.

Por eso, decir que el cerebro simplemente ordena "mueve la mano" se queda bastante corto; también intenta calcular qué debería sentir cuando esa mano llegue a su destino, y esa predicción resulta fundamental para interpretar la información que llega desde la piel. Si el sistema nervioso ya esperaba una sensación determinada, esa señal puede resultar mucho menos llamativa que otra que aparezca de manera inesperada.

Imagina que decides tocarte el dorso de la mano. Antes de que exista contacto, tu cerebro ya dispone de información sobre el movimiento que está haciendo la otra mano y puede anticipar, al menos en parte, lo que está a punto de ocurrir, y cuando finalmente llega la información táctil, puede compararla con lo que esperaba y reducir la respuesta si ambas señales encajan demasiado bien.

El primer experimento que puso a prueba la idea ocurrió hace casi 30 años

En 1998, Sarah-Jane Blakemore, Daniel Wolpert y Chris Frith publicaron en Nature Neuroscience uno de los estudios clásicos sobre por qué no podemos hacernos cosquillas. Los investigadores utilizaron resonancia magnética funcional para comparar qué ocurría cuando los participantes recibían un estímulo táctil producido por ellos mismos y qué pasaba cuando el mismo tipo de estímulo era generado externamente.

Los resultados mostraron que la corteza somatosensorial presentaba una mayor actividad ante el contacto externo que ante el contacto autogenerado; también encontraron diferencias relacionadas con la actividad del cerebelo y propusieron que esta estructura participa en la predicción de las consecuencias sensoriales del movimiento. 

La idea era bastante elegante: si el cerebro puede anticipar una sensación, tiene menos motivos para reaccionar con la misma intensidad cuando finalmente aparece.

Y ahí aparece la clave de las cosquillas. Cuando eres tú quien mueve los dedos hacia tus costillas, tu cerebro ya dispone de información sobre lo que está a punto de ocurrir; cuando otra persona lo hace, en cambio, no tienes acceso directo a su orden motora ni puedes anticipar con la misma precisión cuándo llegará el contacto, dónde será exactamente o con qué fuerza se producirá.

Los científicos pudieron medir esa diferencia en el cerebro

Los experimentos posteriores fueron todavía más lejos y permitieron medir esa diferencia directamente en la actividad cerebral. En 2010, un estudio realizado mediante magnetoencefalografía encontró que las respuestas cerebrales al tacto autogenerado eran aproximadamente cinco veces más débiles que las respuestas ante un toque producido externamente.

Eso es importante porque significa que la diferencia no está solamente en nuestra impresión subjetiva. El cerebro realmente procesa de manera distinta un contacto que nosotros mismos generamos y otro que proviene del exterior; no es simplemente que pensemos que una cosquilla propia es menos intensa: existe una diferencia medible en la respuesta del sistema nervioso.

Por eso puedes tocarte la mano con bastante fuerza y, aun así, no conseguir el mismo efecto que tendría otra persona tocándote exactamente en el mismo sitio. Tu cerebro ya estaba preparado para recibir esa información y, en cierto sentido, le baja el volumen porque no representa una sorpresa.

Cosquillas A Uno Mismo

El cerebelo no trabaja solo

Aquí hay un matiz importante. El cerebelo es una pieza fundamental de este sistema, pero la atenuación sensorial no depende de una única región cerebral funcionando por su cuenta. En 2020, Konstantina Kilteni y H. Henrik Ehrsson combinaron pruebas perceptivas con resonancia magnética funcional para estudiar la relación entre el cerebelo y las áreas somatosensoriales.

Los investigadores encontraron que el tacto generado durante un movimiento propio producía una menor actividad en regiones somatosensoriales y que, cuanto mayor era la atenuación perceptiva de una persona, mayor era la conectividad funcional entre el cerebelo y esas áreas. Esto encaja con la explicación de Roura, aunque pone un matiz importante sobre la mesa: no existe un único "botón de las cosquillas".

En realidad, lo que existe es una red que combina información sobre el movimiento, el tacto y las consecuencias esperadas de una acción. El cerebro necesita saber qué estás haciendo, qué debería sentirse y qué ocurrió realmente para poder decidir cuánto peso darle a esa señal.

Y hay algo todavía más importante: la copia de la orden motora

Hay otro concepto que ayuda a entender todo esto: la copia eferente, una especie de copia interna de la orden motora que el cerebro envía a los músculos. Gracias a esa información, el sistema nervioso puede estimar qué consecuencias sensoriales tendrá una acción incluso antes de que llegue la respuesta desde la piel.

Un estudio de 2020 puso a prueba precisamente esta idea, pues los investigadores compararon situaciones en las que una persona producía activamente un contacto con otras en las que el dedo era movido de forma pasiva. La atenuación aparecía especialmente cuando el movimiento había sido generado activamente por el propio participante.

Esto significa que no basta con que el cerebro sepa que "algo" va a tocarte; también importa que pueda relacionar ese contacto con una acción que él mismo acaba de ordenar. Dicho de manera menos técnica: tu cerebro necesita reconocer que ese toque es consecuencia de algo que tú acabas de hacer, y esa información ayuda a que el estímulo resulte mucho menos novedoso.

Tus dedos conocen demasiado bien sus propios planes

Ahora podemos regresar a la pregunta original. Cuando acercas tu mano hacia las costillas, tu cerebro dispone de información sobre todo el movimiento: sabe hacia dónde estás llevando los dedos y puede anticipar que, en unos instantes, habrá contacto. No conoce cada detalle del futuro, pero sí tiene suficiente información para construir una predicción bastante precisa.

Cuando otra persona mueve la mano, esa predicción se vuelve mucho más difícil y no sabes exactamente cuándo llegará el contacto, qué trayectoria seguirá, dónde caerán los dedos ni con qué fuerza se producirá. Y cuanto mayor sea la diferencia entre lo que esperabas y lo que realmente sucede, más posibilidades hay de que la sensación resulte llamativa.

Por eso una cosquilla externa puede hacerte retorcerte, mientras que tus propios dedos parecen incapaces de conseguir el mismo efecto. No es que tu piel deje de detectar el contacto; lo que cambia es cómo el cerebro interpreta esa información una vez que sabe que la provocaste tú mismo.

Para hacerte cosquillas, tendrías que conseguir que tu cerebro se equivoque

Eso no significa que la atenuación sea completamente rígida. De hecho, los experimentos muestran que el cerebro puede modificar sus predicciones cuando una acción y sus consecuencias dejan de coincidir como esperaba. Una investigación publicada en 2024 estudió qué ocurría cuando existía un retraso sistemático entre un movimiento y el contacto producido por ese movimiento.

Después de exponerse repetidamente a ese retraso, los participantes modificaban sus expectativas temporales y la atenuación del tacto también cambiaba. Los investigadores observaron además cambios en la actividad del cerebelo y de las áreas somatosensoriales, lo que sugiere que el sistema puede actualizar sus predicciones en función de la experiencia.

Aquí aparece una idea bastante curiosa: para conseguir que una cosquilla producida por ti mismo resultara más llamativa, tendrías que introducir algún grado de incertidumbre entre la acción y la sensación. En cierto sentido, tendrías que conseguir que tu propio cerebro dejara de saber exactamente qué viene después.

Cosquillas De Otros

La predicción también depende de dónde ocurrirá el contacto

El cerebro tampoco genera una predicción vaga del tipo "en algún momento sentiré algo". Un estudio de 2021 mostró que la atenuación del tacto autogenerado también depende de dónde se espera que aparezca el contacto.

Los investigadores estudiaron qué ocurría cuando los participantes podían tocar uno de dos dedos diferentes, pero no sabían con anticipación cuál de ellos sería estimulado. Aun así, encontraron que la atenuación seguía siendo espacialmente específica, lo que indica que el cerebro está haciendo predicciones bastante precisas sobre las consecuencias de nuestras acciones.

Esto ayuda a entender por qué el sistema funciona tan bien. No solamente anticipa que habrá contacto, sino que utiliza información sobre el movimiento y el lugar donde debería aparecer la sensación y, cuanto mejor coincide lo esperado con lo ocurrido, más sencilla resulta la tarea de reconocer que esa señal fue producida por nosotros mismos.

Y esto podría explicar algo mucho más importante que las cosquillas

La razón por la que nuestro cerebro hace todo esto no tiene nada que ver con impedirnos pasar la tarde haciéndonos cosquillas. La atenuación sensorial tiene una función mucho más amplia: ayudar a distinguir las consecuencias de nuestras propias acciones de los estímulos que proceden del exterior.

Cuando mueves un brazo, esperas sentir cómo se mueve. Cuando caminas, esperas las sensaciones de cada paso. Y cuando tocas un objeto, sabes que una parte de la información que recibes es consecuencia directa de tus propios movimientos. 

Si todas esas señales tuvieran exactamente el mismo peso que un estímulo completamente inesperado, sería mucho más complicado interpretar qué está ocurriendo alrededor de nosotros.

Por eso el cerebro aprende a bajar el volumen de ciertas señales que ya conoce. No las elimina ni deja de procesarlas; simplemente les da menos prioridad porque ya sabe, al menos en buena medida, de dónde vienen. Y esa capacidad resulta mucho más importante para nuestra percepción cotidiana que la simple imposibilidad de hacernos cosquillas.

Este mecanismo también interesa para entender el sentido de agencia

La atenuación sensorial también interesa a los investigadores porque está relacionada con una cuestión todavía más profunda: cómo sabemos que una acción o una experiencia fue generada por nosotros mismos. Algunas investigaciones han encontrado diferencias en la forma de procesar estímulos autogenerados en personas con determinados síntomas psicóticos.

Eso no significa que las personas con alucinaciones puedan o no puedan hacerse cosquillas, porque esos estudios no están evaluando específicamente esa capacidad. Lo que estudian es algo más general: cómo el cerebro determina si una sensación o experiencia fue producida por uno mismo o procede del exterior.

Esta capacidad está relacionada con el llamado sentido de agencia, es decir, la sensación de ser quien inicia y controla una acción. Y aquí las cosquillas vuelven a servir como un ejemplo cotidiano bastante útil: cuando el cerebro puede predecir con precisión una sensación porque él mismo provocó la acción, esa sensación pierde parte de su impacto.

La explicación se sigue afinando

La investigación tampoco se ha quedado en los experimentos clásicos. Un trabajo publicado en 2026 utilizó magnetoencefalografía para estudiar qué ocurre antes de que aparezca el contacto. 

Los investigadores encontraron señales relacionadas con la predicción motora antes del autotoque y un aumento de la conectividad entre el cerebelo y regiones somatosensoriales antes de que el contacto llegara a producirse.

Además, los participantes percibieron el autotoque como menos intenso que el contacto externo. Y este detalle resulta especialmente interesante porque lleva la explicación un paso atrás: el cerebro no solamente reduce la respuesta después de recibir la sensación, sino que empieza a prepararse antes de que los dedos lleguen a la piel.

Es decir, mientras tus dedos todavía están acercándose, tu sistema nervioso ya está haciendo una apuesta sobre lo que va a ocurrir. Cuando la realidad coincide con esa apuesta, la sensación pierde parte de su capacidad para sorprenderte.

Autocosquillas

Entonces, ¿por qué no podemos hacernos cosquillas?

Ahora sí podemos regresar a la explicación de Nacho Roura. Cuando te tocas a ti mismo, tu cerebro conoce el movimiento que está generando y puede anticipar buena parte de sus consecuencias sensoriales. 

El cerebelo participa de forma importante en esa predicción y se coordina con otras regiones que procesan el tacto para comparar lo esperado con lo que realmente ocurre.

Cuando otra persona te toca, esa predicción es mucho más difícil. No sabes exactamente qué hará su mano, cuándo llegará el contacto ni dónde aparecerá con precisión, de modo que la señal puede resultar más inesperada y, por tanto, más intensa.

Así que la próxima vez que intentes hacerte cosquillas y termines completamente indiferente, no significa que tus dedos sean malos para el trabajo. Tu cerebro se adelantó a ellos: antes de que sintieras la cosquilla, ya sabía que venía.

Imágenes | Pexels

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