Gran parte del conocimiento escrito por los mayas desapareció entre incendios, saqueos y la destrucción provocada por la conquista española. Por eso, cada códice que logró sobrevivir hasta nuestros días es prácticamente un milagro histórico. Y ahora uno de ellos acaba de volver a colocarse en el centro de la conversación: el Códice Maya de México, considerado uno de los libros más antiguos de América.
También conocido como Códice Grolier, especialistas estiman que fue elaborado entre los siglos XI y XII, mucho antes de la llegada de los europeos al continente. Pero lo más impresionante no es su antigüedad, sino todo lo que revela sobre cómo los mayas entendían el cielo hace casi mil años.
Mucho antes de los telescopios
El códice contiene tablas astronómicas relacionadas con Venus, ciclos calendáricos y observaciones celestes que muestran el enorme nivel de precisión con el que esta civilización estudiaba el tiempo y el movimiento de los astros. Muchísimo antes de que los telescopios modernos, los mayas ya realizaban seguimientos detallados del cielo mediante matemáticas, observación sistemática y registros astronómicos extremadamente complejos.
Uno de los datos más sorprendentes es que el manuscrito registra el ciclo de 584 días de Venus durante aproximadamente 140 años. Gracias a esas observaciones, lograron entender algo que muchas civilizaciones antiguas nunca identificaron completamente: la llamada Estrella de la Mañana y la Estrella de la Tarde eran en realidad el mismo planeta.
No solo se trata de un libro ceremonial o religioso, sino también de una especie de registro astronómico elaborado siglos antes de la ciencia moderna como hoy la conocemos.
Venus no solo era astronomía
Para los mayas, Venus tenía un significado mucho más profundo que el de un simple objeto celeste. Sus movimientos estaban relacionados con interpretaciones religiosas, guerras, hambrunas y distintos presagios asociados con deidades mesoamericanas.
Algunas páginas muestran figuras inquietantes: dioses esqueléticos sosteniendo armas, personajes armados y escenas relacionadas con sacrificios. Eso refleja cómo el cielo era entendido al mismo tiempo como ciencia, religión y poder político. Mientras hoy se observa el cielo nocturno desde un punto científico, los mayas veían en él mensajes divinos capaces de alterar el destino humano.
Un códice que pasó décadas rodeado de dudas
La historia de este códice también estuvo rodeada de polémica. El manuscrito apareció en los años 60 en circunstancias poco claras, vinculadas presuntamente al saqueo arqueológico en México. Eso provocó que durante décadas algunos investigadores sospecharan que podría tratarse de una falsificación.
Los estudios realizados sobre el manuscrito detectaron materiales y pigmentos imposibles de reproducir con precisión en la época en que apareció públicamente. Se identificó azul maya, uno de los pigmentos más complejos desarrollados por las civilizaciones mesoamericanas. Además de colorantes hechos con grana cochinilla y minerales utilizados históricamente en la región.
El códice también fue sometido a pruebas de radiocarbono AMS, cuyos resultados situaron su elaboración entre los siglos XI y XII. Lo más interesante es que esas fechas coinciden con los propios registros astronómicos que tiene el documento, con observaciones de Venus realizadas entre 1129 y 1233 d. C.
Los análisis revelaron que fue elaborado utilizando capas de corteza interna de árbol de higuera recubiertas con yeso, siguiendo tecnologías prehispánicas altamente sofisticadas. Este documento se encuentra resguardado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, aunque técnicamente sobreviven 10 de sus 20 páginas originales debido a daños provocados por humedad y deterioro biológico.
El valor del Códice Maya de México es prácticamente irrepetible. No se trata de un libro antiguo, sino de uno de los pocos documentos mayas originales que lograron sobrevivir a siglos de destrucción. Y al mismo tiempo, funciona como evidencia del enorme nivel científico, matemático y astronómico que esta civilización alcanzó mucho antes de la tecnología moderna.
Porque mientras gran parte del mundo todavía observaba desde interpretaciones limitadas, los mayas ya registraban ciclos planetarios completos con una precisión que sigue sorprendiendo incluso siglos después.
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