China se ha convertido en el mayor productor de semiconductores del mundo en términos de volumen, con cifras que superan los cientos de miles de millones de unidades al año. Sin embargo, el país enfrenta una paradoja: pese a su capacidad industrial y a la inversión masiva del Estado, sigue sin poder fabricar los chips más avanzados, aquellos que marcan la diferencia en inteligencia artificial, supercomputación y defensa.
La relevancia de este reto va más allá de la industria tecnológica. Alcanzar la soberanía en semiconductores significaría un cambio radical en el equilibrio de poder global, afectando tanto a gobiernos como a empresas. Hoy, China depende de actores como TSMC, Samsung, SK Hynix y ASML, pero su objetivo es claro: reducir esa dependencia y convertirse en un competidor capaz de dominar toda la cadena de suministro.
Los chips como pieza estratégica: el centro de la industria tecnológica
Los semiconductores son el corazón de la economía digital y de sectores tan críticos como la inteligencia artificial. Por esto mismo Estados Unidos ha impuesto controles de exportación para mantener su ventaja y frenar el avance chino, pero la estrategia ha tenido un efecto inesperado: ha acelerado la industrialización de China en este campo.
Con proyectos como DeepSeek, el país ha demostrado que puede innovar incluso con hardware menos avanzado, contexto que nos indica que la soberanía tecnológica no es solo cuestión de tener las máquinas más modernas, sino de aprovechar al máximo los recursos disponibles.
Un crecimiento acelerado para China
En 2024, China produjo más de 484 mil millones de chips, un aumento de más del 85% respecto a 2020, según el Ministerio de Industria y Tecnología de la Información de China. La inversión estatal alcanzó los 47,500 millones de dólares, superando incluso la respuesta estadounidense a través del Chips Act.
El avance también se refleja en la cuota de autosuficiencia: mientras en 2018 los proveedores locales cubrían apenas el 4.9% de la demanda, en 2024 ya alcanzaban el 14%. Las estimaciones apuntan a que para 2030 podrían cubrir hasta el 37%, lo que supondría un cambio bastante significativo en el mercado global.
La presión geopolítica y la enorme demanda interna han impulsado avances cualitativos. Huawei ha reforzado su papel en procesadores, mientras que empresas como Biren y Moore Threads desarrollan chips de inteligencia artificial. Moore Threads presentó en 2024 su chip Huashan, con rendimiento comparable a arquitecturas de NVIDIA. En el mismo campo, otras empresas chinas como Lisuan Tech incluso ya tienen GPUs superiores en rendimiento a NVIDIA, como las Lisuan G100.
En memoria, Changxin Memory Technology (CXMT) lanzó su DRAM DDR5 avanzada, con velocidades y capacidades que la colocan en competencia directa con gigantes como Samsung y SK Hynix. Estos logros muestran que China no solo produce más, sino que también está elevando el nivel tecnológico de su industria.
No todo puede ser bueno, ¿verdad?
A pesar de los avances, China sigue enfrentando limitaciones críticas. La más importante es la falta de acceso a máquinas de litografía EUV, indispensables para fabricar chips por debajo de los siete nanómetros. ASML, la empresa holandesa que domina esta tecnología, aún es insustituible en el corto plazo.
Aunque se trabaja en un prototipo de EUV desarrollado en Shenzhen mediante ingeniería inversa, no se espera que esté listo antes de 2028. Además, mientras CXMT inicia producción de memoria HBM3, competidores como SK Hynix ya avanzan hacia HBM4. La carrera es intensa y los rivales no se detienen.
El XV Plan Quinquenal de China (2026-2030) contempla medidas extraordinarias para impulsar toda la cadena de suministro, desde materiales especializados hasta software de diseño y talento ingenieril. La estrategia incluye diversificación de proveedores y una inyección económica sin precedentes.
En conclusión, si China logra cerrar la brecha, el impacto será global: más competencia en el mercado, precios potencialmente más bajos y procesos más eficientes. Para los consumidores, esto significaría más opciones y para las grandes empresas de chips, un desafío que podría redefinir la industria.
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